Y por fin, Richard Gere

El galán maduro por antonomasia de finales del XX lleva al menos dos décadas queriendo quitarse ese sambenito. Tan consciente de sus limitaciones interpretativas como de su elegante físico, Richard Gere ha intentado escapar de su estereotipo en un varias ocasiones y reivindicarse como actor. Equiparar el prestigio que tiene su acción humanitaria fuera de la pantalla con una mejor valoración de su trabajo en el cine.

Sin duda, leer el guión de Joseph Cedar debió suponer un choque para el actor. A priori, debía resultar difícil imaginarse en la piel de Norman Oppenheimmer, un buscavidas judío, un precario intermediador de negocios que aprovecha sus habilidades sociales, su instinto y sus amistades para sobrevivir en los intersticios del capitalismo. Vivir de esas migas en forma de comisión, de usura, que pueden surgir de una recomendación oportuna, de un consejo acertado, de estar en la cena con la gente apropiada. Un papel quizá más adecuado para el físico roedor de Dustin Hoffman.

Gere no se equivocó y lo sabe. Se nota en cómo se ha volcado en la promoción de la cinta por todo el mundo sin haber participado en su producción, que se sepa. Eso sí, aprovechando para sus labores humanitarias. Beneficio siempre hay que obtener.

Cartel y fotos de Norman con Richard Gere

Norman - cartel

Crítica de Norman dirigida por Joseph Cedar

Cedar confirma con Norman que es un director de altos vuelos. Un autor, como gusta decir en Europa. Es la primera película que rueda en inglés, ya que sus trabajos anteriores, como la notable y divertidísima Pie de página (2011), son de producción israelí y están hablados en hebreo.

Cedar es un guionista y realizador meticuloso, cuya riqueza expresiva reside en la exactitud con la que describe personajes y traza narraciones. Perfiles psicológicos complejos y tramas alambicadas acerca de la idiosincrasia judía expuestos como un detallado mapa que no defrauda ni al acercar la lupa ni al obtener una visión general. Y en Norman la visión general devuelve un juego especular de representaciones y roles, donde el mayor ideal político no difiere ni un par de grados de separación de la estrategia para llevar un plato de comida a tu mesa.

No hay secuencias de transición en el cine de Cedar. Todo lo que se dice y se ve, es importante. Todo lo que sus personajes hacen responde a una estructura preconcebida desde el guión en la que influye poco el montaje. La manera en la que hilvana como Norman llega a entablar amistad nada menos que con el primer ministro de Israel (soberbio Lior Ashkenazi, un habitual en su cine) está a la altura de cineastas como Scorsese o Sorkin.

Norman es una gran obra sobre el posibilismo, un homenaje conciso y emocionalmente contenido a la forma de ser judía y su capacidad intelectual

Por ese motivo en Norman los actos están claramente marcados. Cada secuencia tiene un motivo y tendrá una consecuencia en un acto posterior. Y por eso el cine de Cedar desprende una fascinante tensión narrativa que le permite alumbrar nuevos personajes incluso en el tercer y cuarto acto (magnífica como siempre Charlotte Gainsbourg; también Hank Azaria) sin resquebrajarse, incluso resultando primordiales para entender la tesis de la cinta.

Norman es una obra sobre el posibilismo, un homenaje conciso y emocionalmente contenido a la forma de ser judía y su capacidad intelectual. Un pueblo expulsado a lo largo de la Historia que ha sabido sobrevivir y adueñarse de las situaciones allí donde ha llegado. Y por ese motivo, admirados y repudiados simultáneamente.

Y eso representa Norman. Un superviviente, un hacedor capaz de obtener el máximo beneficio de la posibilidad más ínfima, de la simple proyección de un deseo. Un Shylock de nuestro tiempo que Gere borda con la economía interpretativa de un veterano. Apenas un flequillo despeinado y una sonrisa ratonera. Siendo más que haciendo.

Tráiler de Norman con Richard Gere

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Crítico y editor en CineCrítico. Adscrito a Online Films Critics Society.

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