Skyfall

Cumplir 50 años no es poco. Ni para una persona, ni mucho menos para una saga cinematográfica en un momento en el que cumplir un mes en cartelera ya es una heroicidad.

Al 50 cumpleaños de la saga se unía poder celebrar haber vencido al mayor villano al que nunca se enfrentó James Bond: la falta de financiación. La quiebra de Metro Goldwyn Mayer dejó durante 2 años muerto al agente menos secreto del mundo hasta que otra compañía adquirió su derecho a renacer, y quizá por eso esta nueva entrega gire alrededor de esa idea. ¿De qué si no va a hablar una cinta conmemorativa cuyo protagonista ha adaptado su fisonomía y estilo al gusto de los espectadores durante medio siglo?

Los nuevos dueños de MGM, Sony y el patrocinador oficial, Heineken, han realizado un despliegue asombroso para promocionar Skyfall. Cientos de personas en varios países (fans, periodistas, influencers, bloggers…) hemos sido involucrados en la recreación de una misión propia del MI6 difundida a través de los medios online y las redes sociales. No era para menos, porque el reto de superar a sus predecesoras era enorme.

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Skyfall
 

 

Casino Royale (Martin Campbell, 2006) fue un notable éxito de público y sobre todo de crítica, un volantazo a cargo del guionista Paul Haggis que rediseñó a 007 para que, ahora sí, se despeinara y sudara en cada una de sus misiones, sufriendo también sus posteriores consecuencias. Su continuación, Quantum of Solace (Marc Foster, 2008), batió récords de taquilla en el Reino Unido. Al frente de ambas había un nuevo Bond, Daniel Craig, un actor contenido pero no flemático, elegante pero no cursi, físico pero no inverosímil, capaz de interpretar el sufrimiento a través de la profundidad de la hendidura de sus mejillas. Sencillamente perfecto para el cambio planeado.

Skyfall como narración sigue ahondando en el patrón que marcaron las dos películas anteriores: Bond ha dejado de ser un desconocido, un mero vehículo para resolver intrigas delictivas de carácter internacional; sus aventuras trascienden a su vida personal y sabemos qué le afecta y por qué. Le hemos visto disfrutar enamorándose y sufrir por la pérdida de la persona amada. Le hemos visto beber hasta casi matarse. Ahora nos adentramos, no mucho, en su infancia. A este conocimiento nos llevará Silva (Javier Bardem), un ex-agente del MI6 también renacido tras una misión fallida que arrastra otro complejo relacionado con la infancia: vengarse de M como madre del monstruo en que se ha convertido.

Puestos a no reparar en gastos por el aniversario, qué menos que contar un director singular, Sam Mendes, alguien que sabe transitar tanto por las sombras de los personajes y sus relaciones (Revolutionary Road, 2008; American Beauty, 1999) como por los entresijos de una producción grande y compleja (Camino a la Perdición, 2002; Jarhead, 2005). El realizador demuestra una notable compenetración con su fotógrafo habitual, el gran Roger Deakins, para combinar el diseño de alguna de las secuencias más estilizadas y oníricas de toda la saga, la de los neones o la anaranjada secuencia final, con un breve viaje a la parte más oscura de personajes clásicos de la serie cuyo comportamiento hasta hace poco era indudable.

El resultado es una película contundente, espectacular, de ritmo elevado y gran belleza plástica, con grandes detalles interpretativos de casi todo el reparto y algún exceso de Javier Bardem en su difícil tarea de hacer un malvado memorable sin perder de vista la galería de villanos ya existente. Pero sin duda, son las grandes novedades que se introducen de cara al futuro de la saga, sin traicionar su iconografía y tradición, lo que convertirá a Skyfall en una referencia para los seguidores y en una inmensa suerte para quienes se acerquen por primera vez a la visión que 007 tiene del mundo: agitado, no revuelto.

Material audiovisual propiedad de Sony Pictures.

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