Alexander Payne es uno de los pocos directores estadounidenses a los que podemos colgar la etiqueta de autor al modo que nos gusta en Europa. A pesar de estar perfectamente asentado en la industria desde su primer título Election (1999) con el que cosechó gran éxito, su obra está recorrida por un tema recurrente: el vacío existencial que provoca el capitalismo, particularmente representado en la sociedad norteamericana de clase media.

Payne nos ha regalado en su filmografía una irrepetible galería de personajes que chapotean en la absurda abundancia del estado del bienestar sin saber quiénes son. Ahí está el magnífico Smith que interpretó Jack Nicholson en A propósito de Schmidt (2002), su mejor cinta y clave de bóveda de su obra posterior. O el escritor frustrado de Entre copas (2004) en una última huida juvenil antes de sumergirse en el marasmo de la madurez al que dio vida Paul Giamatti. O el atribulado George Clooney superado por los avatares conyugales y paternales en Los descendientes (2011). O el sombrío Bruce Dern de Nebraska (2013), al que la senectud permitió creer por última vez que el mundo le sonreía. Todos ellos naúfragos chapoteando en la felicidad impuesta de lo material que suspiran por un segundo de autenticidad en sus vidas.

Una vida a lo grande, Downsizing en el original, viene a ser un nueva página en este álbum de almas desaliñadas al que Payne añade cromos cada cierto tiempo. La novedad es que esta vez lo hace desde una premisa de ciencia-ficción pero sin perder el halo de comedia compasiva e irónica que envuelve todo su cine.

Una vida a lo grande: cartel y fotos con Matt Damon

Una vida a lo grande - poster

Una vida a lo grande: crítica

Una vida a lo grande comienza con un descubrimiento científico, el de la reducción de  seres humanos hasta una doceava parte de su tamaño sin efectos secundarios. Este hallazgo se convierte en la solución a muchos problemas que asolan a la Humanidad: la población no necesita consumir tantos recursos y sus desechos son insignificantes. Y el dinero que una familia media tiene para subsistir, los convierte en millonarios en ese nuevo mundo ultrarreducido. Por fin se hace realidad la Arcadia soñada por profetas del cambio climático, voceros del anticapitalismo y demás gurús de las hecatombes de nuestro tiempo.

En este escenario introduce Payne a su nuevo héroe interpretado por Matt Damon, un profesional de clase media-baja anegado por cumplir el sueño de prosperar económica y socialmente. Unirse a ese nuevo mundo reducido convertiría al matrimonio Safranek en millonarios, en privilegiados, a la vez que hacen algo por el medio ambiente y el ser humano. El sueño socialdemócrata hecho realidad.

Payne no busca en sus películas una enmienda a la totalidad del capitalismo, sino las atribulaciones que provoca en el ánimo del individuo, cuyas miserias observa entre divertido y compasivo. Por ese motivo, Payne desvía pronto el guión de su variante fantástica hacia la aventura personal y no cae en analizar cómo fracasa ese nuevo e idílico mundo que le podría haber llevado a narraciones ya transitadas como la de El show de Truman (Peter Weir, 1998) o El hombre del traje blanco (Alexander Mackendrick, 1951).

Aunque ‘Una vida a lo grande’ no es una película redonda, el genuino sentido de la comedia de Payne y su concisa puesta en escena hace que se disfrute sin problema

Aquí, como en toda fábula de Payne, la Arcadia feliz a la que se llega no es más que otra prolongación del infierno. Ni la jubilación de Schmidt, ni el viaje festivo de Giamatti, ni la paternidad madura de Clooney, ni el cupón premiado de Dern, ni el mundo reducido y perfecto de Damon son el paraíso soñado… sino sólo otra constatación de que la satisfacción personal y moral no es algo que se pueda adquirir con tarjeta de crédito.

Payne nos hace otra entrega de su ideario: no es cierto que se deba luchar por lo que se quiere para ser feliz, porque habitualmente se consigue lo que se quiere. El problema es que se quieren estupideces, mitos y mierdas varias inducidas por imposición social con los que presumir una tarde con tus cuñados y olvidar para siempre. Averiguar lo que se quiere: ése es el problema.

Aunque Una vida a lo grande no es una película redonda porque peca de excesiva y autocomplaciente, la refinada paliza al pensamiento placebo y los gurús medioambientales, junto al genuino sentido de la comedia de Payne y su concisa puesta en escena, hace que se disfrute sin problema. A lo que se suma un correcto Matt Damon, un autoparódico Christoph Waltz y, sobre todo, una estupenda Hong Chau que aporta su particular gracejo desde la primera aparición.

Una vida a lo grande: tráiler

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Crítico y editor en CineCrítico.
Adscrito a Online Films Critics Society.

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