Cine y literatura siempre han ido de la mano, no en vano la mayor parte de las películas que han ganado el Óscar a mejor cinta estaban basadas en una obra literaria previa. Sin embargo, suele pasar que en ocasiones esas novelas son tan desconocidas para el gran público que en ocasiones la única esencia que se recuerda es la cinematográfica.

Tal es el caso de la saga del agente secreto James Bond, a quien muchos veneran en el cine pero desconocen que las aventuras de 007 están basadas en los libros de Ian Fleming. En total fueron 12 las novelas escritas por Fleming y la primera de ellas, Casino Royale, publicada en 1953, arranca con el famoso personaje jugando a la ruleta en un casino, un escenario recurrente tanto en el resto de novelas como en las películas. A pesar de la prolífera pluma del escritor y periodista británico, lo cierto es que su personaje es más conocido en el mundo entero por las películas que adaptan las novelas que protagoniza que por las propias obras literarias en sí mismas.

A las cintas basadas en las novelas de Agatha Christie les ocurre lo mismo que a las de Fleming: si no eres un auténtico fan de la dama del misterio, puede que el título pase desapercibido para ti. Así ocurrió con el reciente estreno de Asesinato en el Orient Express (2017), con un espectacular Kenneth Branagh como director y protagonista en el papel del detective Hércules Poirot, acaparando todo el interés y haciendo sombra a la obra de la escritora. Y lo mismo ha ocurrido de nuevo con La casa torcida, la adaptación de Gilles Paquet-Brenner de una de las novelas más valoradas de Christie, aunque ni de lejos la más popular a pesar de ser la preferida de la escritora.

Cartel

La casa torcida- cartel

El director francés se suma al carro de Hollywood de adaptar títulos de la novelista  británica, una reciente corriente que comenzó con la ya mencionada Asesinato en el Orient Express y que parece que va a continuar con nuevas versiones de Testigo de cargo a manos de Ben Affleck y de Muerte en el Nilo, de nuevo con Branagh en el papel de Poirot. A Paquet-Brenner hay que reconocerle el mérito de adaptar una de las 66 novelas escritas por Christie que todavía no había sido llevada al cine y el de rodearse de un equipo de nivel a la hora de dar vida a los personajes ideados por la escritora. Nada más. Y es que el realizador no ha sabido aprovechar al máximo en su cinta una historia que lo tenía todo para brillar (unos personajes enigmáticos, un crimen, múltiples sospechosos y un ambiente único y asfixiante como lo es una mansión) pero que se queda sin luz propia según avanza el metraje.

Imágenes

Crítica

El motivo por el cual las historias de Agatha Christie no triunfan en la gran pantalla es, paradójicamente, un misterio en sí mismo. Todo apunta, sin embargo, a que los cineastas no son capaces de trasladar ni la fina ironía de la escritora británica ni la esencia de unos personajes cuyo retrato psicológico es ampliamente retorcido. En detrimento de ello, los realizadores suelen primar el momento de clímax en el que se resuelve el crimen en cuestión, un giro inesperado presente en todas las novelas escritas por la dama del misterio y que todo espectador (y lector) espera con ansia.

Gilles Paquet-Brenner parece seguir este patrón y, a pesar de contar con actores de la talla de Glenn CloseTerence Stamp o Gillian Anderson, sus personajes no acaban de convencer a pesar de contar con un argumento lo suficientemente sólido como para captar la atención del espectador.

sus personajes no acaban de convencer a pesar de contar con un argumento lo suficientemente sólido como para captar la atención del espectador

La cinta comienza con el asesinato del multimillonario Arístides Leónides a manos de un personaje desconocido en su propia casa, una mansión de estructura inclinada en la que habitan tres generaciones de Leónides. Tras el asesinato del patriarca, su nieta Sophia le pide ayuda a Charles Hayward, un detective de poca monta que acepta el trabajo a pesar de los lazos sentimentales que lo unen a la pequeña de los Leónides.

Desde el momento en el que Hayward pone un pie en la mansión, todos los familiares del difunto son objeto de sospecha: su cuñada Edith, ahora máxima responsable de la propiedad; Brenda, la jovencísima viuda y heredera de la fortuna de Leónides; los dos hijos fracasados y sus respectivas mujeres; la propia Sophia y hasta los dos hermanos pequeños de ésta, Eustace y Josephine.

Poco a poco, Hayward va descubriendo toda una red de mentiras, celos y odio que sitúa a cada uno de los personajes como posible autor material del crimen. Unos podrían haberlo hecho por dinero, otros por venganza y hay incluso quien podría haber asesinado a Leónides con el único objetivo de poder escapar de esa mansión torcida. Sea como fuere, todos ellos son sospechosos.

Con una trama como ésta, el misterio está servido, el problema parece radicar en que Paquet-Brenner no ha sabido emplatarlo de la forma correcta. La narración es demasiado lenta, la presentación de los personajes se hace demasiado pesada y éstos no acaban de estar bien definidos. Mención especial tiene el personaje del detective Charles Hayward, interpretado por Max Irons, que parece estar en un momento de letargo constante que lo acerca más al estado vital del anciano Leónides que al resto de los habitantes de la mansión.

De hecho, tan floja es la personalidad de Hayward (y la interpretación de Irons, dicho sea de paso) que en más de una ocasión los supuestos asesinos parecen tomarse a broma sus sospechas e insinuaciones, algo que sin duda resta tensión en el transcurso de la narración. Por si esto fuera poco, los fallos a nivel técnico no hacen sino empeorar la correcta comprensión del filme.

Tráiler

A lo largo de los 115 minutos de metraje se presentan diversos tiros de cámara que no responden a una lógica narrativa y que ensucian la imagen cortando cabezas y piernas o creando sombras sobre los propios personajes sin que esta acción responda a un fin concreto. La construcción del espacio tampoco responde a una correcta planificación y es que en ocasiones la presencia de elementos completamente atemporales en ambientes similares termina por desubicar completamente a un espectador que no acaba de comprender dónde se encuentra.

En cuanto a la estética del filme, llaman especialmente la atención los planos oscuros que entorpecen e incluso llegan a impedir la correcta lectura por parte del espectador. A cargo de Sebastian Winterø, la fotografía de la cinta se presenta irregular y con unos cambios demasiado bruscos que dan la impresión de que por momentos estamos ante escenas de películas completamente diferentes.

Todo esto acaba por dinamitar una historia con potencial que se desinfla por el camino y que desde luego no alcanza, ni de lejos, a las mejores adaptaciones cinematográficas de las obras de Agatha Christie, sino que se catapulta directamente a la lista de las más flojas. Quizás convenga que en un futuro los realizadores valoren la posibilidad de no dejarse tentar por las mieles de la adaptación y apuesten por crear contenido propio e inédito.

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