Crítica de ‘Spectre’ (Sam Mendes, 2015)

Toda la tradición de la saga Bond en una gran película que impregna al espectador con su elegancia, inteligencia y sentido ético del espectáculo.

Crítica Spectre - James Bond - Daniel Craig

Una persecución de coches. Otra de aviones; una más en el agua, con lanchas. Al menos 2 hermosas mujeres seducidas. Una localización nevada y otra desértica. Un conflicto internacional de consecuencias mundiales. Un elegante viaje en tren que termina con una pelea. Una organización secreta dirigida por un líder carismático, pero rencoroso y vengativo. Moneypenny, Q y M. Varios gadgets salvadores y un Aston Martin plateado. Varios trajes impecables. Un Martini mezclado, no agitado. Londres y el MI6. Una conversación que permita decir al protagonista “Bond… James Bond”.

Si piensas que escribir un guión de cine es difícil, imagínate hacerlo condicionado con todas estas premisas indiscutibles. Y con un reparto que se conoce de antemano. A estas dificultades se han enfrentado Paul Harris, Neal Purvis, Robert Wade y ahora John Logan en el reinicio de una de las sagas y personajes más importantes de la historia del cine. Y hay que decir que todos lo han superado con nota.

Bond y sus películas necesitaban una puesta al día. El agente impecable, irónico y sofisticado que representaron Sean Connery o Roger Moore dio paso a otros más físicos pero aún irreales en el modo de resolver los terribles problemas a los que se enfrentaban. Fueron los años de Timothy Dalton y Pierce Brosnan. Con la incorporación de Daniel Craig y el guionista Harris se dio un vuelco a 007. Por fin Bond sufría física y psicológicamente en sus películas. Sudaba, sangraba. Se enamoraba. Le rompían las pelotas, también literalmente. Y todo eso, por fin, le dolía.

Craig es un extraordinario actor, capaz de no perder la elegancia y el sex-appeal mientras transmite un cabreo y agotamiento del tamaño del Big Ben. A él y al olfato de la productora Barbara Broccoli le debemos que Bond haya aterrizado en el siglo XXI con una fama mejorada. Ya nadie se ríe en una película de Bond a no ser que el personaje deslice unas gotas de cinismo en forma de réplica a sus enemigos.

Uno de los grandes aciertos de esta nueva etapa es la implicación psicológica de Bond en las tramas de cada película. No podía ser de otra manera, es lo natural en tan larga relación dentro del MI6, M u otros personajes que también se van también renovando. Si Skyfall se adentró en la biografía de Bond como nunca antes habíamos visto, Spectre remata todo lo sucedido en las anteriores entregas protagonizadas por Craig de un modo inteligente, buscando una coherencia que huye del modelo de capítulo aislado al que estábamos acostumbrados en etapas anteriores.

Cartel de ‘Spectre’ – James Bond

Cartel Spectre - James Bond

Crítica de ‘Spectre’ – James Bond

En Spectre, esa complejidad psicológica que ha ganado el personaje ya es expresada desde los siempre originales créditos de la serie, unas oníricas imágenes que, cada vez más, reflejan la tormentosa mente de 007. Algo que casa a la perfección con quién ya se define abiertamente como un asesino, no como agente secreto.

Que entendamos bien esa complejidad es gracias al director Sam Mendes. Basta un vistazo a su filmografía para descubrir que es un explorador de laberintos interiores, un arqueólogo de las contradicciones psicológicas que remueve el magma del ser humano. Mendes ha superado extraordinariamente el corsé de la estética Bond para llevarla a otro punto, a otro lugar. Ha abierto un espacio en el cine donde los abundantes efectos especiales aún tienen un perfil orgánico e integrado en la película, algo absolutamente inusual en el cine actual. En Skyfall o Spectre todavía es más importante el encuadre que la explosión, el reflejo en el cristal que la apabullante localización, la narrativa que el espectáculo.

[bctt tweet="Mendes ha superado el corsé de la estética Bond para llevarla a otro punto, a otro lugar."]

En esas maneras de Mendes se detecta algo de la distancia que la industria del cine británica quiere poner sobre la americana. Al igual que sucedió con la serie de películas sobre Harry Potter, estos nuevos Bond dejan un mensaje en el espectador a favor de la inteligencia, la elegancia y la pulcritud a la hora de entretenerlo con cine evento, con cine espectáculo. De una película de Bond o Potter, y sucede con Spectre, nunca sales empachado aunque dure más de 150 minutos porque nada es gratuito. En el cine del Bond de la nueva era, aún lo digital no ha devorado la cinematografía, o al menos se trabaja duramente para que así lo parezca. Aún se trata de un cine orgánico, físico, narrativo, que conduce al espectador a un significado, no a una traca final, aunque la haya. Así lo demuestra el magnífico primer plano secuencia de Spectre, una joya rodada en las azoteas de México DF donde Bond camina sin cortes, sin saltos, sin volteretas, sin desafíos gravitacionales, hasta su objetivo. Y es una maravilla que así sea.

Resulta paradójico que el estereotipo más inamovible del cine, el agente 007, pueda erigirse, en plena era digital, en un defensor de las esencias cinematográficas. Pero en momentos como el actual, donde lo digital ha logrado la desparición del cine de clase media, más físico y orgánico, para reducirlo a proyectos low-cost o súperproducciones, así lo parece.

Fotos de ‘Spectre’ – James Bond

 

Un punto y seguido en la saga Bond

Spectre es una gran película que impregna al espectador con su elegancia, inteligencia y sentido ético del espectáculo. Y tiene un enorme mérito conseguir este efecto cuando se trabaja con unos ingredientes tan conocidos y concretos. Como las viejas bandas de rock&roll que se vuelven sagradas cuando consiguen cantar sus éxitos de hace 30 años con la misma virtud que el año que las compusieron, Bond ha alcanzado la divinidad haciendo siempre lo mismo de un modo exquisito e irreprochable.

Se podría hablar de la siempre solvente y estimulante presencia de Mónica Bellucci, de la capacidad de Christoph Waltz para inquietar sin mover un músculo o de la turbadora mirada de Léa Seydoux, pero sería inútil porque en las películas anteriores hubo actores que consiguieron el mismo resultado y los habrá en la siguiente. Eso significa hacer un Bond, entrar en la leyenda.

[bctt tweet="Hay algo de despedida en Spectre. Su final y que Craig sea productor huele a merecida recompensa."]

Hay algo de despedida en Spectre, de punto y seguido. La saga está en plena renovación de actores, que ya ha encontrado sus nuevos M en Ralph Fiennes, Q en Ben Wishaw y Moneypenny en Naomi Harris… y en Spectre se olfatea otro cambio, un fin de ciclo, como se dice ahora. Spectre es una suerte de cierre de todas las películas Bond protagonizadas por Craig, donde confluyen todos los personajes de las cintas anteriores en una estupenda metáfora con los cables que conducen al explosivo con el que Spectre pretende acabar con Bond. Además, ambos tienen una vinculación muy especial, la más atrevida que se ha permitido el personaje en toda su ya larga vida, que le hará plantearse temas pendientes en lo que hemos visto en las películas anteriores.

Las magníficas secuencias de Skyfall donde Bond no superaba los exigentes entrenamientos del MI6 anunciaban que 007 ya no es de este mundo, está obsoleto, como se repite varias veces en Spectre. Algo pasa en el interior de Bond. Siente que ya no es útil. Y es posible que se corresponda con un sentimiento de Craig respecto a su personaje.

El inusual cierre de la película y que Daniel Craig aparezca de manera sorprendente como productor, anuncia un posible cambio de actor en el personaje. Evidentemente, si es así, no se anunciará hasta pasadas unas semanas del estreno, cuando la promoción haya acabado. También puede ser la despedida de Mendes, aunque ambos aparecen acreditados para el siguiente proyecto Bond. Pero esa presencia como productor en los créditos de Spectre suena a merecido premio de despedida a un actor que ha entendido como pocos lo que significaba el rol de Bond en el momento que le ha tocado interpretarlo.

Vídeos y tráiler de ‘Spectre’ – James Bond

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