Día 6: Y llegó la violencia

61 Festival de San Sebastián - Zinemaldia - 2013

Plano y contraplano. Si ayer celebrábamos la entrada de la comedia en el festival, hoy la violencia ha sacudido el Kursaal como una bestia enfurecida.

 

Sección oficial: Club Sandwich

 
De lo que llevamos de Sección Oficial, Club Sandwich es la propuesta más sólida y estimulante para alzarse con la Concha de Oro del festival. Es una película minimalista pero sin forzar, como sí le ocurría a Caníbal, que comprimía su forma a base de calzador.

En ella, una madre y su hijo pasan unos días de vacaciones en un complejo turístico casi desierto, pues ya se ha pasado la temporada. El chaval está atravesando el umbral de la adolescencia y el despertar sexual aparece sin avisar. Por momentos, su desarrollo recuerda a Somewhere de Sofía Coppola en el retrato de la complicidad entre la madre y el hijo y la depuración formal, siendo tan difícil mostrar algo tan complejo como un cambio de etapa vital con tanta sutileza y sin estridencias.

Mediante la sugerencia y la elipsis el relato va avanzando como la independencia del chaval y la convivencia entre madre e hijo empieza a erosionarse. La madre se resiste, buscando penosamente la complicidad amistosa con su hijo, modelando un personaje paródico y fuera de lugar.

 

Las virtudes de Club Sándwich son la composición del plano, en la puesta en escena y el juego de miradas (la de los personajes y la del espectador) que organiza el espacio. Fernando Eimbcke, su director, trata al espectador en este sentido, como alguien inteligente y se agradece.

 

Sección oficial: Devil´s Knot

 
Se esperaba la nueva película de Atom Egoyan, uno de los habituales del Zinemaldia, pero lo desilusión no ha podido ser mayor. A la salida del cine, todo el mundo tenía ganas de merendar y es que la sensación era de haber visto un telefilme de sobremesa.

Devil´s Knot es un quiero y no puedo. Al igual que sucedía con Enemy -también en la sección oficial- el director intenta crear una atmósfera inquietante y asfixiante, pero se queda a las puertas. Y material había: la historia es un trasunto de Twin Peaks. Tres niños desaparecen en un bosque y son asesinados; a continuación, se inicia una investigación en la que se culpa erróneamente a tres chavales.

 

Todo el misterio que había en la mítica serie aquí es reemplazado por un desarrollo muy plano y obediente, sin salirse de los cauces del cine de juicios e investigación. La película, no obstante se deja ver, entretiene y mantiene cierta tensión. El problema es que de Atom Agoyan se espera algo más, una propuesta más insana y ambigua en línea con su estilo, no un cine rutinario.

 

Perlas: Un toque de violencia

 
La película es una producción de Takeshi Kitano y éste se hace notar. Jia Zhangke retorna a Naturaleza muerta pero filtrada a través de la violencia contenida y lírica de Takeshi Kitano. La cinta está compuesta por cuatro historias que vertebran un panorama incierto de la China actual. Un territorio caótico y desarticulado, donde el capitalismo más desaforado ha roto cualquier atisbo de cohesión social y humanismo. Por momentos, parece como si Ciudad Juárez hubiera abierto una sucursal en el gigante asiático.

Sin embargo, los personajes de Un toque de violencia actúan como focos de resistencia ante un mundo que se desmorona, pero para llevar a cabo esta empresa se ven abocados al empleo de una violencia primigenia, seca y cortante, a dentelladas gélidas y calientes, con la precisión de un bisturí.

 

Es curioso cómo el cine nos da más pistas del “estado de las cosas” de un país que 20.000 telediarios seguidos. El poder del cine como generador de identidad sigue intacto, y el mejor medio para rastrear la metamorfosis del gigante asiático es rastreando la filmografía de Jia Zhangke. Un toque de violencia supone un viraje en su estilo, un coqueteo con el cine de género de un cineasta en permanente búsqueda, en movimiento.

 

Horizontes latinos: Heli

 
Todo festival tiene su película dañina. Léase esto como película provocadora, perturbadora, que bordea los límites de la representación. Funny Games, Irreversible, Anticristo, serían buenos ejemplos de ello. La de esta edición del Zinemaldia es Heli, la película con la que Amat Escalante se alzó con el premio al mejor director en el pasado Festival de Cannes.

Puede parecer repetitivo hacer una película mexicana con el narcotráfico como contexto. Sin embargo, lo importante no son las historias (ya está todo inventado) sino cómo se cuentan. En este sentido, Heli nos depara un fresco realista de la crudísima cotidianeidad mexicana, cocaína mediante.

La estilización está ausente en todo momento y como el director apunta la película no ha sorprendido en México, esto es lo habitual. La narración intenta dar respuesta al plano que abre el film en el que un hombre muerto con signos de violencia es colgado de un puente. Esta imagen-icono en los informativos sobre ajustes de cuentas entre bandas de narcos, es el punto de partida para la reconstrucción de las causas que han provocado esa consecuencia.

 

La hora y media de sufrimiento y la agonía espacial de Gravity se trasladan en Heli al terrenal e infernal suelo mexicano. Al interior de una salita de una casa donde es torturado hasta la muerte ese hombre que veíamos colgar de un puente al principio de la trama.

El impacto llega al comprobar cómo convive lo cotidiano con la violencia más salvaje. Durante la secuencia de tortura, vemos cómo los torturadores (niños incluidos) alternan el juego con la Wii con la somanta que propinan; lo que nos da idea de hasta qué punto está integrada y normalizada la violencia en la sociedad mexicana, pues este es otro de los temas tratados, la pérdida de la inocencia de una manera abrupta.

La violencia en ningún momento se banaliza ni se hace espectáculo. El uso del plano fijo y dilatado, contribuye a que exista una unidad temporal de continuidad, lo que provoca que la violencia mostrada sea insoportable a la mirada del espectador.

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