Mi vecino Totoro

Mi vecino Totoro - Hayao Miyazaki - 1988 - Crítica

Ver una película de Hayao Miyazaki es casi siempre purificador. Al salir, es invitable preguntarse qué hemos hecho mal, qué camino equivocado hemos tomado para que buena parte de nuestra cultura y educación tengan como origen y destino el miedo, la adopción de roles adustos o agresivos; o que solamente la aplicación de un castigo sea capaz de corregir un comportamiento erróneo.

Mi vecino Totoro (Hayao Miyazaki, 1988) se puede considerar la primera película del Miyazaki más sabio, más maduro, pero cronológicamente no lo es. Miyazaki ya llevaba veinte años trabajando en la animación, tres desde que lo hacía con su propia compañía, el Studio Ghibli. Pero fue tras hacer Totoro (leáse tótoro) cuando Miyazaki no sólo encontró la veta temática de su filmografía posterior, sino que además su éxito le ayudó a saldar las deudas contraídas para poner el estudio en marcha. Totoro le proporcionó el fondo económico y la libertad creativa que le permitió ser el maestro que hoy todos reconocemos. Quizá por eso su redonda efigie es el logotipo al comienzo de cada película.

También es posible que esta cinta sea la más autobiográfica de cuántas ha hecho. En ella, dos hermanas pequeñas se enfrentan al traslado a una casa semiderruida en el campo con su padre, un joven profesor universitario, debido a la enfermedad que mantiene a su madre en el hospital. Allí se integrarán con el entorno natural que les rodea, llegando a conocer sus más profundos secretos gracias a su inocencia natural y el respeto por lo ajeno que les ha sido inculcado. Por este motivo, ambas tienen la posibilidad de ver a Totoro y sus acompañantes, fundamentales para que ambas superen sus carencias emocionales y la ausencia materna.

Crítica Mi vecino Totoro - Hayao Miyazaki - 1988

Miyazaki tuvo a su madre enferma de tuberculosis durante su infancia, lo que le obligó a pasar largas temporadas lejos de ella. En el proyecto inicial de la película, la protagonista era una única niña, pero Miyazaki cambió de opinión y terminaron siendo dos hermanas cuyos nombres hacen referencia a la Naturaleza y su conexión con ella: Satsuki y Mei, los nombres del mes de mayo en japonés… la primavera, el tiempo del renacer. La palabra Totoro no es otra cosa que la deficiente pronunciación de un niña de cuatro años del original tororu o tororo, equivalente japonés de nuestros trolls u ogros del bosque de las leyendas del norte de Europa.

Son muchas las ideas que asoman en las películas de este insólito y singular animador. Pero sin duda la que vertebra toda su obra es la percepción de la Naturaleza como un entorno poderoso del que formamos parte indefectiblemente, del que venimos y en el que terminamos, aunque toda nuestra inteligencia, tecnificación y soberbia aún no haya logrado explicar exactamente cómo ni por qué. Totoro es la representación de ese misterio. Quién piensa, y es muy frecuente escucharlo, que Miyazaki es ecologista, se equivoca. En el cine de Miyazaki la Naturaleza no se concibe como un bien del que la Humanidad disfuta y devenga por ello una responsabilidad casi paternal, como si fuese algo ajeno a su condición, sino que forma parte del ser humano como una parte más de nuestro cuerpo.

Es inevitable comparar la obra de Miyazaki con la de Walt Disney, otro animador cuya imaginería ha colonizado el mundo. El cine salido del Studio Ghibli convierte a los animadores de Disney en unos reaccionarios que proclaman los roles femeninos y masculinos más conservadores, una jerarquía familiar y social inamovible y, sobre todo, una concepción antropomórfica de la Naturaleza en la que los animales adquieren comportamientos y actitudes absurdamente humanos únicamente por la interpretación de alguna característica de su físico o aspecto: el búho sabio, la serpiente traicionera, las simpáticas ardillas… un auténtico disparate que seguramente es responsable de la mayoría de fobias y prejuicios infundados que tenemos hacia los animales.

Mi vecino Totoro crítica - Hayao Miyazaki - 1988 - Gatobus

Mi vecino Totoro es, en la sencilla rotundidad de sus 86 minutos y su dibujo claro, una obra maestra. Su simbología trascenderá los años porque quién la ve es difícil que la olvide. Lo que sucede en ella es tan inaudito porque probablemente lo hemos olvidado: seres humanos tratando de igual a igual a los seres vivos que comparten su entorno sin sobreinterpretaciones.

La popularidad de Totoro, sobre todo en Japón, ya ha trascendido los límites del cine. En 2005, la nave espacial Discovery partió con un tripulante japonés al que correspondía elegir una canción para que sonara en ese viaje. El astronauta eligió Sanpo, una de las canciones de la banda sonora de Totoro cantada por los compañeros de clase de su hijo. Dicen que cuando sonó, los telescopios de la NASA por unos segundos vieron orbitar un gatobús alrededor de la esfera terrestre.

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Crítico y editor en CineCrítico. Adscrito a Online Films Critics Society.

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