Unos días para recordar (Jean Becker, 2015)

Una mirada sobre el inicio de la senectud sin ira ni rencor

Unos días para recordar - Jean Becker

Jean Becker es un veterano realizador y guionista francés perteneciente a una notable familia de cineastas, sin ir más lejos, es hijo de Jacques Becker. En su larga carrera su cine ha evolucionado desde el noir y el thriller a un humanismo sincero y sencillo, en el que la sabiduría proporcionada por la edad supera con creces las vicisitudes humanas con serena alegría.

Entre sus últimas películas con este mensaje destacan Conversaciones con mi jardinero (2007) y Mis tardes con Margueritte (2010), dos excelentes muestras de cine sencillo y eficaz en su mensaje de calado para un público adulto, apoyado en la interpretación de grandes nombres como Daniel Auteil o Gerard Depardieu.

Becker cumple un mismo esquema en sus últimas obras: la adaptación de una novela implicando a un actor de renombre en una trama en la que un par de personajes encuentran afinidad a pesar de sus, a priori, obvias diferencias vitales. En Unos días para recordar se observa una restricción más a estos ya de por sí escasos elementos para trazar una historia, y es la ausencia de localizaciones externas. El cine francés sufre una crisis de financiación como la del cine español, salvando las distancias de protección oficial y cantidad de películas anuales, donde sólo es posible producir o una película muy grande o películas pequeñas de cada vez menor presupuesto y muchos condicionantes. Es evidente que el cine de Becker tiende a este segundo modelo.

Sin salir de la habitación de un hospital, adonde ha llegado debido a una caída desde un puente del Sena sobre cuyas circunstancias el protagonista no recuerda nada, las situaciones se repiten conforme a las diversas visitas llegan a verle. El personaje interpretado por Gérard Lanvin, fruto de esa pérdida de memoria y personalidad momentánea que no le ha alterado el juicio, consigue tener una visión externa y diferente de su vida, su edad y su situación social en base a los encuentros familiares y desconocidos a los que va asistiendo desde su cama.

El artificio no puede ser mejor para las intenciones de Becker, que va trazando con humor y sinceridad un retrato de la sociedad francesa y su protagonista, un maduro al borde de la senectud, que ya tiene poco que aportar y mucho a lo que adaptarse en un mundo que cada vez entiende menos. Aún así, como en toda las obras recientes de Becker, el protagonista sale airoso de su confusión y contradicción inicial gracias a cierta bonhonomía y sabiduría proporcionada por la experiencia, lo que convierte al accidente en un punto de inflexión entre etapas de su vida.

Unos días para recordar es una película pequeña sin más ambiciones que las que consigue: mostrar cierta esperanza ante quiénes ven a su mundo desaparecer con la edad. Hubo quién dijo que, con el paso de los años, nos vamos asomando a la vida por una ventana cada vez más pequeña. Unos días para recordar es una buena ilustración de esa metáfora donde además se apuesta por cierta responsabilidad por parte de los adultos para conseguir que la ventana de los jóvenes no se rompa, cierre o empequeñezca antes de tiempo.

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