El mejor cine, en las series

The Sopranos

Hasta hace bien poco, decir de una película que era televisiva reducía la misma a un arte inferior, a una capa de entretenimiento para pobres de mente y de miras, para quienes ven cine mientras quieren hacer otra cosa. Coser, por ejemplo.

Este caracter despectivo tiene su motivo. En los 50, hubo una crisis del cine con el auge de la televisión, ahuyentando a los espectadores de las salas. Qué familiar suena esto, ¿verdad? Los cineastas se inventaron entonces nuevos formatos que fuesen imposibles de reproducir en televisión y aportasen espectacularidad al visionado para seguir llevando público a las salas: hablamos del Cinemascope, por ejemplo. Esto os sonará también, ¿a que sí? El Cinemascope de hoy día se llama 3D. Es otra tecnología pero su finalidad es la misma.

Cinemascope

Fruto de ese entorno limitado de la pantalla de la televisión, las películas que se hacían para ella tenían alguna característica que las empobrecía frente a las destinadas al cine. Por ejemplo, no había barridos de pantalla, al menos no demasiado rápidos, ni planos panorámicos. Ambos recursos narrativos quedaban sin valor en las pequeñas pantallas y bajas resoluciones de los televisores. Sencillamente, porque no se veía un carajo si se utilizaban. También en la televisión los cambios de plano deben ser más frecuentes, cada 7 segundos como máximo, porque en casa tenemos mucha más distracciones que pueden llevarnos a dejar de ver algo, como nuestro gato o el contenido de la nevera.

Esta limitación hacía que las narraciones también fuesen menos atrevidas y profundas, porque todo el mundo sabe que una panorámica invita a la épica, pero una sucesión muy prolongada de planos-contraplanos acaba casi seguro en divorcio o asesinato entre quienes la protagonizan. Encerrados en esta limitación de contraplanos, escorzos y travellings no muy elaborados, los realizadores televisivos quedaron reducidos a tensos melodramas o thrillers aseados. Y mientras, hasta daba tiempo a dar un par de puntadas al jersey del sobrino. Aún así, hubo quién hizo piezas únicas. De telefilms, digo, no de jerseys.

2001 Una odisea en el espacio

Con el tiempo, llegaron los televisores planos, LCD, de plasma, retroiluminados. Y con ellos el cíclico canguelo de la industria del cine porque la gente se quedaba otra vez en casa a ver Misión imposible. Con la nueva gama de televisores de mucha definición, las limitaciones de recursos para los realizadores de series y telefilms se acabó: se podía rodar tranquilamente un plano panorámico del Gran Cañón del Colorado que en tu casa podías ver hasta a los buitres anidar en las rocas durante su recorrido.

La televisión de pago y la pujanza de las cadenas con los ingresos publicitarios del deporte reavivaron la realización de series de calidad, que ayudadas por el fenómeno fan de Internet y la presencia de las redes sociales que cada vez mayor traían otra vez más ingresos por las suscripciones, logrando que las cadenas pudiesen plantearse formatos de series hasta ahora nunca imaginados.

Erase una vez en Anatolia

Instalados cómodamente en sus sofás con un buen televisor y un decente sonido, con la posibilidad de ver gratis series y películas en versión original, subtitulada o doblada a su libre albedrío, a las generaciones que no vieron en cine 2001: Una odisea en el espacio el mismo año que la Humanidad mandaba por primera vez un hombre a la Luna es muy difícil convencerles de que el cine siempre será mejor que las series. Y más cuando el entretenimiento asalta a cada instante en el televisor mientras que el cine aún alberga historias como las de unos señores caminando y hablando más de tres horas seguidas por los áridos campos de Anatolia. Aunque esos señores, a poco que se les preste atención, nos estén explicando nuestra esencia misma.

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