My Mission Skyfall, Día 1: Toma de Contacto

Sonó el teléfono y supe que era él.

– “En la cafetería. Como siempre. Ahora.

Como si fuera la última vez, pensé. Bajé apesadumbrado, aquejado de incertidumbre.

Allí estaba. Traje negro, gafas negras, rubio, inmóvil. Mirada azul tras el humo del cristal. Me alargó la mano. Sentí vergüenza de la mía, blanda.

– “Tu identificación. En el punto de control a las 9:00. Mañana.”

Identificación 007
Identificación 007
 

No dormí aquella noche, ni recuerdo exactamente qué hice. Quizá repasar mentalmente, una y otra vez, los errores cometidos. He pasado media vida equivocándome y la otra media, recordándolo. Necesito una redención.

*  *  *

La falta de sueño me oprime el pecho y me ha secado el esófago y la garganta. Ni el café precipitado me ayuda a despejarme. Escucho todo como si estuviese encerrado en una campana de cristal.

Las 9. El punto de encuentro. La furgoneta. El conductor. Subo. Ni una palabra.

Punto de encuentro y recogida
Punto de encuentro y recogida
 

Nos detenemos en el aeródromo, al sur de la ciudad. El conductor me abre la puerta y camina a mi lado, dirigiéndome hacia la puerta de un edificio cercano. Se quita las gafas oscuras, no quiere llamar la atención. Somos dos adultos que entran a tomas café, pero… ¿qué demonios es esto? 

Si quieren asustarme, lo han conseguido
Si quieren asustarme, lo han conseguido
 

¿Qué broma pesada es ésta? ¿Qué hace toda esta gente con esos chalecos reflectantes? Esto es una pesadilla. Nadie nos mira, ni nos dirige la palabra. El conductor me ve dudar y me sujeta con firmeza del brazo. Todos echan a andar en la misma dirección que nosotros hacia una salida en el lado opuesto. El exterior. Las pistas. Helicópteros.

– “Sólo soy un crítico. De cine… un crítico de cine…” –susurro, casi suplicando.

– “Cállate.” 

Hay más helicópteros...
Hay más helicópteros...
 

Estamos fuera. Sin gafas de sol, el dolor de cabeza y la opresión del pecho se acrecientan. El ruido de las hélices tampoco ayuda. Con una mano a modo de visera acierto a ver un chaleco naranja acercándose. Nos señala a mi y otras tres personas para que vayamos con él.

El conductor me empuja para que vaya con ellos. Doy unos pasos tapándome los ojos de la cegadora luz.

– “¡Eh, tú! ¡Cinercilor! “

Por fin, parece que me va explicar algo. Me giro. Recibo en la cara la bofetada de un chaleco reflectante muy bien doblado.

– “Póntelo. Alguien tiene interés en que no te pierdas.”

– “Es cinéfilo. Se dice cinéfilo.” -digo, mientras me pongo el chaleco.

– “Todavía te llevas una hostia y todo. Anda, sube.” -apenas le oigo, el ruido de las hélices es ya ensordecedor.

Nos trasladan
Nos trasladan
 

(Continuará…)

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